lunes 30 de enero de 2012

Rencor

Se levanta el telón, caen las máscaras. Por más que Rajoy permanezca ausente, y más allá de su insistencia en prorrogar los Presupuestos hasta después de las elecciones andaluzas, Soraya y Gallardón ya han asomado la oreja. En el caso del segundo, que se marchó del Ayuntamiento de Madrid haciendo un sinpa, esto es, largándose sin pagar los 7.000 millones que, con la normativa de Montoro en la mano, le habrían acarreado responsabilidades penales, el alarde exhibicionista es más llamativo. Parapetado tras el rigor carpetovetónico de Aguirre, Gallardón llevaba años haciendo de poli bueno, un papel que sus últimas propuestas han hecho pedazos.

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A simple vista es lo de siempre, un ejemplo más de la técnica de la tortilla española creada en mala hora, hace más de un siglo, por Cánovas del Castillo, con quien Trillo comparó a Fraga, y con razón, hace muy poco. Cuando llego al poder, ceso a los tuyos, pongo a los míos, deshago todo lo que has hecho, y trágala, trágala... Luego, cuando vuelvas tú, pues haces lo mismo, trago yo, y tan amigos. Al fin y al cabo, la Transición no hizo otra cosa que rematar la Restauración borbónica que representó el franquismo.

Sin embargo, Gallardón aporta un rasgo novedoso. Hasta ahora, el PP se comportaba como si España fuera la finca de Cayetano, una propiedad privada, suya por la gracia de Dios. Por eso, su actitud estaba impregnada a partes iguales de desprecio y paternalismo hacia la izquierda, esa insolente advenediza que, por otra parte, gobierna con el complejo de inferioridad que menos le conviene. Pero ahora, las cosas han cambiado. El ministro de Justicia ha resucitado un sentimiento, el rencor, que fulmina las reglas del bipartidismo convencional para retrotraernos a tiempos feroces. Por ahí ha empezado, siempre, lo peor que nos ha pasado a los españoles. Y no estoy pensando en Cánovas.


ALMUDENA GRANDES

domingo 29 de enero de 2012

Estamos tocando fondo II

Lo paradójico de la absolución de Camps es que
en su inocencia no cree ni él. Tampoco los
suyos, de ahí que su rehabilitación política no
sea inmediata, como correspondería a un
presidente apartado de forma temporal, tras
demostrarse su inocencia y, sobre todo, si como
afirman los puntos en los que se basa la
resolución absolutoria del jurado, ha sido
víctima de una trama por parte de policías,
fiscales y jueces dirigida nada menos que por el
sastre José Tomás, ese al que Trillo ponía en
duda porque no tenía título que avalara su
condición de sastre que, como todo el mundo
sabe, cualifica y pondera el testimonio de
cualquier testigo.
Esta trama urdida por el sastre que le ha valido
a Camps la absolución, produciría alborozo y
risión si no fuera porque de nuevo pone en tela
de juicio, y valga la redundancia, ya que de
sastres y Justicia hablamos, la capacidad del
sistema para resolver lo evidente y la
indefensión en la que quedamos los ciudadanos
ante el disparate de reacciones absurdas que
este esperpento ha generado en nuestros
próceres, que no parecen haberse sorprendido
ni indignado con lo que se ha escuchado en las
sesiones del juicio, más bien al contrario, han
celebrado la absolución como si los acusados
hubieran sido rescatados de entre los escombros
tras un terremoto.
Mala pedagogía para los ciudadanos y
legitimación por parte de la clase dirigente de la
derecha española de aquella escuela que nació,
precisamente, en la Comunidad Valenciana, que
definía la política como una extraordinaria
oportunidad para forrarse.

sábado 28 de enero de 2012

Estamos tocando fondo


La reacción de algunos líderes del PP ante la
sentencia de Camps delata su sentido ético: se
definen más cerca del latrocino que de la
honradez. Se pregunta Dolores de Cospedal:
“¿Quién repondrá la honorabilidad de Camps y
Costa?”. Esa tarea es imposible después de lo
visto y oído durante el juicio, pero cabe
presumir que a esta señora la cohabitación de
los altos cargos de la Administración con
presuntos delincuentes encarcelados que,
presuntamente, roban las arcas públicas,
certifica la honorabilidad. Otra cuestión es que
un jurado popular decida por un solo voto que
no se ha podido probar la existencia de regalos
que los acusados, por otra parte, agradecen con
un entusiasmo en lo afectivo propio de
enamorados.
Vivimos tiempos de júbilo para los afines a la
ideología de los absueltos, y de desánimo para
los demás, como si el dinero que sustraen los
corruptos fuera sólo de los que no les votan.
Cabe preguntar a doña Dolores, siguiendo el
estilo del presidente de la nación, que siempre
ha estado en comunicación con Camps y nunca,
por lo visto, ha dudado de su inocencia (a
diferencia del propio acusado que redactó un
documento declarándose culpable que decidió
no entregar en el último momento) : ¿quién
repondrá la honorabilidad a los testigos que han
pasado por la sala aportando inequívocas
pruebas de culpabilidad de los acusados? Y, por
último: ¿quién repondrá el caviar en la despensa
de los absueltos? El negocio es rentable.
Camps se declara feliz como militante del PP: es
el partido que le corresponde, ahí está entre los
de su condición, le comprenden y le respetan.